19 Feb Acércate a quien busca la verdad y aléjate de quien la haya encontrado.
Nada nos hace sentir tan bien como tener la razón. Quizás solo la sensación de pertenecer esté a esa altura. Y los conflictos nos sirven de manera extraordinaria para ambas cosas. Ante esas tentaciones, la búsqueda de la verdad queda rezagada, poniendo el foco en buscar el error del de enfrente, y en identificar a los que no están en mi bando; cerrando así un bucle muy delicado. En conflictos como este, buscamos evidencias que comprueben tanto una como la otra, dándole sentido a nuestra lucha cuando las encontramos, pero cuando no ¿aceptamos que la realidad tiene más aristas que las que vemos? ¿Reconocemos que no tenemos tanta razón como pensábamos? Por supuesto que no. En lugar de eso, retorcemos los hechos, distorsionamos la realidad, subimos el volumen de un canal y silenciamos el otro, todo para saciar esa sed intoxicante de tener razón y para evitar el veneno de dejar de ser parte. La alternativa es la muerte, o al menos así lo sentimos. A eso se le llama sesgo de confirmación, y es algo tan humano como peligroso, porque desde ese pánico mortal, vemos solo lo que refuerza el bucle, y así nos convertimos en seres poco inteligentes y manipulables.
¿A ti no te pasa? Hagamos un par de pruebas sencillas, ¿cuán diferente opinas de tu gente más cercana?
No solo eso, con el mundo de noticias en los últimos años, meses, semanas, y días ¿cuánto se ha enriquecido tu interpretación de la realidad, o cuánto se ha acentuado tu mirada original?
Nuestro criterio se perturba al grado de lo grotesco al atender fuentes de información que solo nos dan la razón, y tomar como referencia a celebridades a quienes endiosamos aunque carezcan de cualquier preparación para analizar conflictos complejos, religiosos, territoriales, culturales, militares… ¿Qué dirá de nosotros, que para entender la realidad tenemos que recurrir a la opinión de deportistas, músicos y actores de Hollywood?
Ese lente perverso nos ha hecho creer que nos dividimos en bandos, como chimpancés en la selva, y parece obligarnos a elegir una manada o la otra. Por ser profundamente judío, y por consiguiente sionista, parecería que no puedo condenar cualquier política que me parezca injusta con los palestinos. Que tengo que elegir entre indignarme por las muertes de niños en Gaza, y condenar la muerte de niños en Israel; que no puedo ambas cosas. La epidemia de falta del más mínimo pensamiento crítico ha llegado a niveles desconcertantes. Cada vez me hace menos gracia la pancarta sostenida por un hombre de mirada perdida que sale en algunas películas malas, donde dice “The end is near”.
Quien como yo, con algún tipo de historia de migración, opine que Trump es un peligro, no se equivocaría. Al que opine distinto lo invito a que recuerde cómo le fue en la historia cuando estuvo del otro lado de la ecuación. Pero eso no me impide reconocer su contribución para debilitar regímenes asesinos como el de Irán y Venezuela. Solidarizarme con el infierno de los migrantes latinos en Estados Unidos, no debería impedirme hacerlo con el de los ciudadanos iraníes en Irán. Pero los contagiados por esta pandemia de falta de criterio, han sido convencidos de una lógica parecida a la siguiente: “Como la República Islámica de Irán es enemiga de Israel y como Israel es apoyado por Estados Unidos, entonces si yo llegara a solidarizarme con las víctimas iraníes, querría decir que apoyo a ICE.” Una oda al sinsentido.
Demasiada gente cercana, que en otros contextos son inteligentes, en este tema caen presos de unos silogismos que reprobarían la clase de lógica más elemental. Por eso es importante, como un antídoto al pensamiento dogmático y a la rigidez suicida, complementar nuestros argumentos al menos con algún contrapeso. Por ejemplo, no se puede hablar de la catástrofe de los migrantes en Estados Unidos o Europa, si no se habla de las economías fallidas que los generan.
Históricamente Estados Unidos ha aprovechado su condición de la nación más poderosa del planeta para sacar enormes beneficios a costa de muchas otras, la reciente operación militar en Venezuela por supuesto que es una muestra más de la fuerza al servicio de sus intereses. Pero no se puede hablar de su agenda macroeconómica al capturar a Maduro, sin hacerlo de los veinticinco años de miseria del pueblo venezolano, de los ocho millones que tuvieron que irse y del vínculo del chavismo con el terrorismo fundamentalista islámico.
En ese mismo sentido, en cualquier análisis serio se tiene que incluir a la corrupción billonaria que los caracteriza. Porque si hay alguien que cree que la dirigencia de organizaciones como el Hamas, la Yihad Islámica, Hizbolá, los Hutis, son idealistas dispuestos a sacrificarse por la causa, pues ya no sería por su sesgo de confirmación sino por razones más inquietantes. Eso le puede permitir seguir cantando consignas, pero lo deja inhabilitado para conversar con cualquiera que pueda entender que dos más dos es cuatro. Los líderes de esas organizaciones terroristas han vivido las últimas décadas en hoteles de lujo en Qatar, o Turquía, y tienen un patrimonio personal de billones de dólares que obtienen de organismos internacionales que enarbolan banderas de defensa a los derechos humanos encabezados nada menos que por la ONU. Así de enfermo está el mundo.
Pero ahí no debe terminar la lectura, esa corrupción funciona tan bien porque se alimenta de poblaciones que están presas dentro de su miseria y desesperanza. ¿Culpa de sus líderes corruptos? Por supuesto. ¿Culpa solo de ellos? No. Israel es una democracia, y desafortunadamente para quienes priorizamos la vida por sobre las tierras, por más sagradas y cargadas que estén de nuestra historia, hemos sido testigos de diferentes políticas que le han dificultado a los palestinos vivir en libertad, que los someten a condiciones de desigualdad y que terminan presentándolos como gente que no merece más que eso.
Ahora bien, si lo que duele es la muerte de inocentes, ¿cómo señalar los muertos palestinos pero no los iraníes, pero no los venezolanos, pero no los yemenitas, pero no los sudaneses, pero no los sirios, pero no los israelíes? ¿Se entiende la incongruencia?
El pueblo iraní ha sido víctima de la República Islámica que tomó el poder tras un golpe de Estado hace cuarenta y siete años y desde entonces somete a sus mujeres, las usa básicamente como medios reproductivos (los perros tienen más derechos que ellas), crearon una “Policía de la moral” que castiga hasta con la muerte a las que por ejemplo no llevan puesto debidamente su hijab, y a sus niños los condena a la esclavitud de pensamiento; en las revueltas contra el régimen (ya una revolución) de los últimos dos meses, se calculan cien mil civiles asesinados. Si alguien como Guardiola dice que hemos abandonado a los niños palestinos ¿cómo no decir nada de los iraníes? ¿Por qué entenderlo como cosas mutuamente excluyentes, si no es por un ya clásico pensamiento sectario? ¿Por qué, si no por un sesgo de confirmación característico de los capítulos más oscuros de la historia, en España, en Inglaterra y en ciertos sectores de izquierda, insisten en omitir fracciones de la realidad que son al menos tan graves como las que condenan?
Si lo importante es la solidaridad con el pueblo palestino, más que al sionismo se debe responsabilizar a la República Islámica de Irán, que es quien financia a los líderes que los han gobernado de manera autocrática, enriqueciéndolos en escalas billonarias y encadenando a su pueblo a una realidad de pobreza extrema. Ser sionista, para los que usan el término como insulto, quiere decir apoyar el derecho del pueblo judío a vivir libre en su propia tierra, ni más ni menos. El sionismo no va en contra de reconocer que el pueblo palestino tiene el mismo derecho de autodeterminación. Ahora bien, en la misma línea de complementar cada argumento con algo de la contraparte, no se puede hablar de eso sin considerar al actual gobierno israelí que ha hecho lo posible por expandir su territorio a base de fuerza y de la ininterrumpida disparidad socio económica entre los territorios con mayoría judía con respecto a los de mayoría árabe. En Gaza y en Cisjordania por supuesto, pero también dentro de Israel.
Habiendo dicho eso, no se puede hablar de la violencia estructural para con la población palestina, sin hacerlo de la consigna que ha predominado por más de un siglo en gran parte de su narrativa y que puede parafrasearse en: “Todo para nosotros y la muerte para los judíos, aunque mueran nuestros hijos.” Desde ahí el terreno siempre ha estado fértil para que el fundamentalismo islámico prospere y árido para cualquier tipo de potencial acuerdo, al grado de rechazar en diversos momentos históricos una oportunidad de vida muy distinta a la que tienen ahora.
Seguimos, porque la comunidad internacional tiene su cuota de responsabilidad, tanto en el impulso a la paz como en el desastre que ahora vivimos. A partir de la masacre del 7 de octubre, semanas antes de la intervención militar israelí a Gaza, ya había una tendencia importante de minimizar la matanza, de racionalizarla, de justificarla. “Murió gente, pero…” Y después del “pero” venía un gran discurso con la bandera de derechos humanos. Y mientras tanto, más de mil israelíes civiles inocentes, en sus propias casas habían sido secuestrados, violados, torturados, asesinados. Todos ellos tan civiles y tan inocentes como los palestinos por los que después marcharon y navegaron.
Por otro lado, no se puede hablar de las fallas de la comunidad internacional sin hablar de su aporte en mitigar los conflictos, es solo desde afuera que se pueden crear mecanismos multilaterales que por diferentes periodos han servido al menos para administrarlos. El problema es que desde esa premisa le han dado cientos de millones de dólares al Hamas para que desarrolle la infraestructura social y económica de Gaza, pero sin la supervisión para que no los use para enriquecer a sus líderes, convertir hospitales en bases militares y las escuelas para adoctrinar en el odio a sus niños. A esos mismos niños por los que Guardiola hace bien en sentirse culpable.
Blas Pascal dijo que las conclusiones son solo una evidencia del cansancio de nuestra mente. Vale la pena, en especial en estos tiempos de tanta oscuridad, y como conclusión, no apurarse a sacar conclusiones. Al hacerlo corremos un alto riesgo de volvernos parte de la misma oscuridad que buscamos combatir. En lugar de eso, si pretendemos pertenecer a algo que haga sentido y estar respaldados por la razón, cada vez que alguien nos tiente con argumentos aparentemente irrefutables, nos puede servir de guía alguien que justamente no fue ni judío ni árabe, ni israelí ni palestino, un referente del libre pensamiento de los que ahora hay demasiado pocos, el francés Premio Nobel de literatura André Gide, desde la siguiente brújula infalible:
“Acércate a quien busca la verdad y aléjate de quien la haya encontrado.”