Confianza
16329
wp-singular,post-template-default,single,single-post,postid-16329,single-format-standard,wp-theme-bridge,bridge-core-3.3.2,qode-optimizer-1.0.4,qode-page-transition-enabled,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-theme-ver-30.8.3,qode-theme-bridge,qode_header_in_grid
 

Confianza

Confianza

Ser parte de un equipo es algo más retador de lo que parece. Porque una cosa es pertenecer a la misma plantilla y otra es serlo. Patrick Lencioni, un gran consultor en el tema, escribió un libro que clarifica algunas de las distinciones más importantes y útiles acerca de los retos dentro de los equipos. El libro se llama “Las cinco disfunciones de los equipos”, y de lo primero que habla es de la confianza

Y es que sin eso es difícil, tanto que muchos de los equipos que fracasan termina siendo en gran medida porque al mirar hacia atrás, nos damos cuenta que en realidad no había un equipo. Si bien la definición del diccionario nos dice que es un grupo de personas cuyos intereses dependen entre sí y cuentan con objetivos comunes, en realidad se queda bastante corta. Un equipo es eso por supuesto, pero mucho más también. Para que el equipo de verdad nazca, sus integrantes deben estar dispuestos a ser quienes de verdad son. Parece una obviedad, pero no lo es. No hay cosa más normal en la dinámica de grupos que los juegos de máscaras. Uno representa al maduro, otro al reflexivo, otro al payaso, otro al líder y otro al amigo del líder, y así cada uno va embonando en un personaje que termina por cobrar más fuerza que la persona que está detrás. ¿Por qué hacemos eso? Porque no tenemos la suficiente confianza en los demás, como para ser nosotros mismos, con nuestros defectos y virtudes. Con nuestras debilidades y fortalezas, con nuestras neurosis, inseguridades e ilusiones. Y entonces, como en una explanada de hielo delgado, nos vamos deslizando con mucho cuidado para que no se rompa debajo nuestro. 

En los equipos donde un error puede ser tomado como síntoma de ineptitud, los integrantes priorizan no equivocarse y entonces el precio termina siendo mucho más caro que el error en si. Porque en esos equipos las decisiones se toman desde el miedo, condenándose a no evolucionar y a ser algo mucho menos competente de lo que podrían. Pero tampoco eso es lo más grave. En muchos más equipos de los que alcanzamos a percibir, el riesgo mayor es ser uno mismo, decir lo que pienso, lo que siento. Porque al hacerlo no hay marcha atrás. Cuando me quito la máscara y me muestro como soy, con mi piel real, mis ojos sin maquillaje, y mi propia voz, pueden pasar dos cosas. O que mis compañeros sigan mi ejemplo y hagan lo mismo, y entonces vernos y encontrarnos y ser algo real, con más conflicto, pero también con más vínculo; o quedar completamente solo, desprovisto de defensa, como un durazno sin cáscara cayendo por una ladera de espinas. 

Si sucede lo primero, entonces llegar a nuestro mejor desempeño como equipo es posible. Respaldar la intensión de quien se equivoca porque trató de crecer y hacer crecer a los demás, genera confianza. Atrevernos a señalar algo en lo que no estamos funcionando bien, aunque alguno se enoje conmigo, genera confianza.  

Claro, después lo que toca es exponer, o al menos aceptar en lo que tú te has equivocado, quizás sea en cuestión de tu desempeño, quizás en tu relación con algún compañero, quizás en estar tan atento a la imperfección de los demás. Atender al conjunto sin hacer una introspección personal, es muy parecido a ocultarte tras las áreas de oportunidad del grupo. Es en la combinación de ambas cosas, donde se abren los caminos para crecer de verdad. 

Es decir, estar conscientes de nuestra falibilidad, ponerla sobre la mesa, exponerla sin filtros; como el sweter horrible que llevas puesto al trabajo, pero como te lo regaló tu mamá no te importa; así es la forma de invitar a los demás a hacer lo mismo. 

Y es solo entonces, que podemos ser un equipo conformado por personas reales, con sueños, ilusiones, miedos y errores, y no por supuestos expertos, humildes artificiales, miopes de sus carencias, o super héroes que solo existen en la imaginación de los niños chiquitos y en el espejo de los adultos que le temen a su reflejo real.