El gato que me ayudó a cambiar - Marcelo Schejtman
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El gato que me ayudó a cambiar

El gato que me ayudó a cambiar

En realidad a mí el gimnasio lo que me ayuda a ejercitar es la creatividad. Cada dos semanas busco nuevas maneras de no morirme de aburrimiento mientras estoy media hora en la banda viendo a través de un ventanal cursi una fuente que lo único que hace es tirar agua para arriba.

Ayer me obligué a ir, me costó un esfuerzo al grado del desgarre del lóbulo frontal. Me merecía un premio y me lo dí sentándome junto a la misma fuente aburrida a leer un rato la Maravillosa Vida Breve de Oscar Wao, de Junot Díaz (obviamente el aburrido soy yo, la fuente no tiene la culpa de nada) (yo tampoco) (mentira, yo sí).

Me senté junto a la fuente, periquera de bar alta, piernas arriba de la barra en la que en fines de semana sirven quecas y aguas, libro en mano, satisfecho después de la media hora insoportable en la banda aburridísima que lo único que hace es ir para atrás (ver los paréntesis del párrafo anterior), cuando después de una página y media se me apareció un gato. Todo blanco, con manchas café ligerito, caminando en la barra y acercándose a mí con la clara intensión de acercarse más. Primero me quedé duro, no sé bien por qué, probablemente para que el gato piense que soy muy aburrido y se vaya, como la caminadora lo hace casi siempre tan exitosamente conmigo. No funcionó, ya cuando con delicadeza felina estiraba la pata delantera para subirse a mis piernas, con torpeza humana me levanté alejándome hacia atrás.

Cuando por tercera vezcon voz suplicante le pedí por favor que se vaya , me di cuenta de lo absurdo de la situación. Un gatito quería estar conmigo y yo, ochenta kilos más pesado, no podía. ¿Por qué no puedo? Me pregunté. Porque los gatos son traicioneros, me respondí. ¿Según quién? Y ahí me acordé: según lo que una vez hace más de treinta años me dijo mi hermano, que en ese entonces tenía unos doce y yo unos seis. Para estas alturas ya ha llovido más de una vez, pensé. Recordé en ese momento, que mi hermano hasta ya ha tenido gato!

En efecto, cuando era chico mi hermano, a quien amo y admiro hasta la fecha, me dijo que los gatos son traicioneros, yo le creí como casi todo lo que me ha dicho en la vida.

Ok, es hora de romper una creencia, me dije con más miedo que entusiasmo. Me acerqué a la banca alta donde unos minutos antes era interrumpido, me senté y esperé. El gato ya no estaba pero unos segundos después ya estaba otra vez. Ya no me quedé duro sino que simplemente lo miré y le dije hola en tono amigable como para que vea que si él no me rasguña la cara y me saca un ojo sin razón ni previo aviso yo tampoco me iría corriendo. Se subió pata por pata a mi regazo y se acurrucó por un buen rato mientras yo lo acariciaba cada vez menos tenso. Llovía.

Mientras ronroneaba (él) intenté hacer un inventario de las creencias que he comprado de otros, que me han limitado para hacer cosas que me gustaría hacer, que me han privado de experiencias chingonas o que me han llevado por caminos que en realidad no eran los que yo hubiera elegido. Identifiqué algunas pero estoy seguro que hay mil más, algunas que heredé de mis padres, otras de mis amigos cercanos, otras de la tele… Es más, ¿qué porcentaje de lo que he hecho y hago hasta el día de hoy es realmente mío y cuánto lo “decidieron por mí”? me pregunté. Cualquier estimado que se me ocurrió a esa pregunta asesina se me figuró deprimente. Seguí acariciando al gato unos minutos más mientras disfrutaba sacarme de encima uno de esos mapas obsoletos integrados al sistema sin cuestionamiento alguno. Luego, cuando el aburrimiento de acariciar una bola de pelos con uñas filosas fue insoportable me despedí.

No lo extraño, no estoy pensando en comprarme uno, pero si me lo llego a encontrar otra vez en mi rincón de lectura seguro lo saludo y luego sigo leyendo.

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