El Messi más Messi que nunca - Marcelo Schejtman
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El Messi más Messi que nunca

El Messi más Messi que nunca

Ayer la selección argentina de fútbol perdió la tercera final consecutiva en los últimos tres años. No solo eso, la perdió penal fallado de Messi mediante. El debate es inevitable acerca de la responsabilidad, no, de la culpabilidad del diez en esta racha sin títulos. A mí me parece que Messi ha tenido muchas culpas a lo largo de su carrera que ha sido, más que extraordinaria, como diseñada por Tolkien, Bradbury, o algún otro escritor de fantasía.

Es más, se le pueden reprochar muchas cosas a este chico, arquitecto de las sonrisas más auténticas de grandes y chicos, argentinos (como yo), hijos de argentinos (como el mío), catalanes y amantes del fútbol, del deporte y de las cosas bellas, en lo que va del siglo. Muchas, pero este rosarino, más allá de haberle dado al Barça la mejor racha de éxitos en su historia y haber vuelto a poner a la camiseta albiceleste a pelear cada campeonato que disputa, destaca en su capacidad de ser él mismo, ante todo y ante todos.

Una y otra vez se lo ha comparado, una y otra vez se le ha demandado más liderazgo, más protagonismo, más similitud con otros; ser otro. Y una y otra vez él ha decidido negarse a pretender ser alguien que no es, para ser quien es. Muchos lo hemos criticado y hasta odiado por eso.

Ayer, sin embargo, tras la derrota ante Chile, sucedió algo mágico. No sé si nos mostró por primera vez una faceta muy íntima o él la descubrió. Pero ya no era el chico distante y ensimismado de las versiones anteriores, sino que pudimos ver al hombre derrotado, abanderando el desconsuelo de todo un equipo, y también de los amantes de la belleza y la justicia. La tristeza se convirtió en enojo y llegó a un nivel de impotencia en el que la única salida la encontró en el exilio.

Repasaba la noticia en mi insomnio de hincha sub campeón y después de revivir setenta veces cada gol que no entró, pude distinguir entre sus lágrimas y su declaración terrible, al jugador que deja de ser solo un buen jugador, el mejor, para convertirse en alguien que se asume más trascendente, más humano. Vi a alguien que no cabe en sí mismo y no sabe cómo reaccionar ante un acertijo que desea resolver más que nadie. Lo vi conectado con su frustración, impotente, que le importa tanto hacerlo como mejor sabe, que ante la prueba reprobada y, a falta de más pelotas de torneo, patea con toda su bronca directamente el tablero. Fue, de alguna manera, la vez que más nítidamente lo he visto.

Ojalá lo vuelva a pensar, lo hará. Entonces, ojalá que cuando lo vuelva a pensar, reencuentre dentro suyo ese fuego que lo sacó de su barrio, que contra todo pronóstico le curó su deficiencia hormonal, que lo guió a honrar su sueño más puro y conquistar al mundo entero. Porque ahora además encontraría eso que mostró tras este partido y que lo vuelve más él que nunca antes, revelándole a través de la bronca permitida y de la tristeza reconocida, algo a lo que la mayoría no podemos acceder: la consciencia de ser más que lo que a él mismo le parecía ser. Si lo hace, seguramente evolucionará en mucho más que en ser solo el mejor jugador del mundo.

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