Hagamos un poco de orden
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Hagamos un poco de orden

Hagamos un poco de orden

Hagamos un poco de orden. Las guerras elevan las emociones como pocas cosas en el mundo, y las emociones tienden a distorsionar el juicio de lo que está bien y de lo que está mal, lo que es verdad y lo que es mentira.

Esta guerra empezó el 7 de octubre del 2023, con el atentado terrorista más brutal y sanguinario en la larga historia de terrorismo contra población civil israelí. Hoy en día, julio del 2025, todavía hay secuestrados israelíes de los cuales algunos siguen vivos y otros fueron asesinados ya sea el mismo 7 de octubre o en cautiverio.

Hamas, la Jihad Islámica, (ambos principales perpetradores de los atentados del 7 de octubre, así como de la larga historia de atentados terroristas en Israel), Hisbala, los Hutis, y la gran mayoría de los grupos terroristas existen gracias al apoyo del régimen iraní.

Dicho régimen (la República Islámica de Irán), junto con ellos, tienen como objetivo principal y además público, exterminar a Israel, a los judíos y a occidente. Al grado de que en la llamada “Plaza Palestina” de Teherán, hasta los ataques de Israel y de Estados Unidos del mes pasado, había un reloj con cuenta regresiva vislumbrando con alegría y orgullo la destrucción de Israel. Es ese mismo régimen que desde sus leyes fundamentalistas ha encarcelado y asesinado a un sinfín de mujeres por el hecho de llevar mal puesto el Hijab (el cobertor de su cabeza que por ley es obligatorio). Ni se diga por pensar de manera independiente.

Entendiendo que en especial estos últimos atentados, incluyeron violaciones comunales, tortura, decapitaciones de niños frente a sus padres, y más actos de una barbarie inenarrable, el pobre nivel de indignación y reprobación por parte de quienes dicen abanderar los derechos humanos, por parte de la intelectualidad del mundo occidental, de los activistas y defensores de los derechos de las mujeres, de la comunidad LGBTI+ y de la opinión pública en general, dejó un mensaje de incongruencia, por decir lo menos.

Habiendo dicho esto, creo que también hay que decir lo que el Gobierno de Israel, está haciendo mal. Un gobierno atrapado en una coalición que está lejos de los valores que al menos yo y muchos millones más de judíos e israelíes, aprecian y procuran.

Hace muchos meses que está claro que seguir con una campaña militar en Gaza, de las características que vemos, no ha acercado a los secuestrados a su regreso, ni incrementa de manera significativa la seguridad futura de Israel. Todo lo contrario, lo que ha hecho es escalar el nivel de violencia en toda la zona, generar más muertes de nuestros soldados, más muertes de personas palestinas que no están directamente ligadas al Hamas, más antisemitismo en el mundo, menos empatía con una causa tan justa como la nuestra, darles a los niños palestinos más argumentos de odio de los que ya reciben por parte de sus adoctrinadores, y por supuesto mantener al actual gobierno en el poder.

Es difícil, lo tengo claro, pero esta realidad es más compleja que la de apoyar a tu equipo a pesar de todo, y abuchear a todo lo demás. Los abusos del gobierno de Israel contra la población civil palestina, en muchos casos son reales. Y creo que distinguir lo que está bien de lo que está mal es lo que nos hace ser el pueblo que somos. Obviamente no hablo de creerle a las estadísticas de Hamas, ni tolerar vivir junto a un vecino que lucha constantemente para matarnos. Hablo de hacerle caso a nuestro criterio y usar de brújula a nuestra identidad, más que a nuestra sed de venganza.

Una vez más en nuestra historia tenemos el reto de la supervivencia, es un lujo sin precedentes que ahora tengamos un Estado soberano para defendernos y un ejército fuerte para hacerlo. Nuestro presente se lo debemos a muchos que dieron su vida para que hoy en día Israel exista y sea un orgullo para todos los que creemos en la libertad y la justicia. Al mismo tiempo, nos da una responsabilidad que en otras épocas no teníamos. Asumirla no nos hace ni menos judíos, ni menos sionistas, ni menos comprometidos con Israel como nuestro hogar nacional y espiritual, milenario, e insustituible de nuestra identidad y de nuestro destino. Todo lo contrario, la complejidad de nuestra realidad nos da la oportunidad de decidir apelar a los valores que más nos enorgullecen, y desde ahí buscar la seguridad de nuestra gente y de nuestras fronteras. No es fácil, lo sé. No creo que haya otro pueblo en el mundo con el reto que enfrentamos nosotros. Y en este contexto, reconocer los errores de uno cuando la contraparte (y los “imparciales”) no reconoce ninguno de los suyos, nos puede poner en una dinámica de desventaja en la narrativa. Por otra parte, puede servir también, para que con quienes tengan la capacidad, cambiemos la conversación y la dinámica hacia un lugar más constructivo y encaminado a una realidad mejor para nuestros hijos y nietos.

Es cierto, tenemos amigos y ex-amigos no judíos, que abanderan narrativas que si no son antisemitas al menos no son sensatas, que no logran comprender la complejidad de una realidad en la que por un lado tenemos vecinos que son más poderosos de lo que parecen, y que más allá de cualquier decisión nuestra, nos odian sencillamente por existir. En muchos casos tampoco logran comprender que tenemos otros vecinos que cuentan (o contaban) con las armas suficientes y toda la intención de herirnos de muerte. Su falta de comprensión muchas veces nos tienta a balancear el sistema pero hacia el otro lado, sobre-simplificando también nosotros nuestro discurso en buenos y malos.

Es importante que condenemos lo que está mal. Todo lo que está mal.

Por ejemplo el antisemitismo que hoy en día se disfraza de anti-sionismo. Crecí creyendo que eso era cosa de nuestros abuelos y que en mi vida no tendría ya que defender mi derecho a ser quien soy. Pero una vez más la historia nos ha puesto a prueba, por lo que es fundamental que defendamos nuestro derecho a ser judíos, y a tener nuestro hogar nacional como lo tiene el resto de los pueblos del mundo. El sionismo es eso, y es lo que nos ha rescatado finalmente de dos mil años de persecuciones, de matanzas y de indefensión. Desafortunadamente en pleno siglo XXI tenemos que seguir justificando que tenemos derecho a ser un pueblo libre y soberano en nuestra tierra ancestral.

Y lo tenemos que hacer ante quienes, en nombre de la santificación de la vida, critican lo que el Gobierno de Israel hace, y hablan con una indignación que no expresan ante las víctimas de la guerra civil en Siria, que ha dejado 200,000 muertes.

O la de Yemen, con 300,000.

O la de Afganistán, Etiopía, Sudán con cientos de miles de muertes cada una. Todas con millones y millones de desplazados.

De todas estas y de tantas tragedias humanitarias más, en muchos casos, no hacen ni un comentario, ni un post, ni un tweet.

Una pena que vivamos en una época donde no hay nada que no podamos saber si tan solo tuviéramos la voluntad de saberlo, y aún así cuánta gente se autoengaña poniéndose el sombrero del activista social y se sube a tendencias sin la reflexión que amerita. Y desatiende otras menos mediáticas porque no aparecen en su algoritmo de Instagram, o porque no se comenta en el grupo de whatsapp de sus amigos, entonces no tienen ni idea que existen.

Yo no quiero ser como ellos, y dejarme llevar por la película que menos incomodidad me genera. Soy judío, además soy israelí y mi agenda es muy clara: quiero vivir siendo quien soy.

Pero ese derecho no me impide criticar también lo que está mal, las injusticias y los excesos, incluso cuando quienes los cometen son los líderes de mi pueblo. Desde esa búsqueda de congruencia, y más allá de los esfuerzos reales que el ejército de Israel hace por minimizar las muertes de civiles palestinos, atrapados en una realidad imposible bajo el yugo de un régimen como el de Hamas, también puedo condenar la gestión israelí cuando incluye castigos colectivos, desplazamientos forzados, los planes a futuro de un pueblo al que no pertenecemos, y cualquier cosa que no tenga un objetivo claro de seguridad, libertad y justicia.

Yo siempre voy a estar con Israel, siempre. Tener el privilegio de vivir justo en el momento de la historia en que mi pueblo puede ser soberano en su tierra, es una bendición que atesoraré hasta mi último aliento. Ojalá en mi vida también pueda ser testigo de una época en la que además de eso, junto con todos nuestros vecinos, seamos bendecidos finalmente con la capacidad de vivir en paz.

Am Israel Jai.