La verdad - Marcelo Schejtman
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La verdad

La verdad

LA Verdad.

Verdad. “Conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente.”

Real Academia Española

Yo creía que la verdad es un conjunto de acontecimientos de millones de cosas que están sucediendo simultáneamente. Según la RAE, y le creo, quien está equivocado soy yo. En el conflicto entre israelíes y palestinos, por más de cien años se han sumado más cosas de los que nadie tiene cómo ordenarlas. Pero los seres humanos necesitamos orden para no volvernos locos, entonces las ordenamos. El problema es que cada quien lo hace a su manera, de acuerdo a lo que considera más (o menos) relevante, a lo que le es más (o menos) doloroso. Y cada uno omite el hecho de que su orden es suyo y solo suyo. Una opción de entre otras siete mil millones posibles. Una de entre una infinidad de las que él mismo podría optar. Pero no, para él esa opción es el orden correcto y cualquiera que no lo ordene así es un estúpido, un racista, un asesino…

Y entonces, de acuerdo a su criterio, prioriza lo que alcanza a percibir, que es una fracción minúscula y distorsionada de todo lo que pasa, esa gran verdad que es irregular, compleja, llena de subtemas y sub-dolores y sub-dimensiones y realidades diversas y meta-realidades y puntos que parecen formar un triángulo y aunque le falte un lado lo denominamos triángulo y así lo referimos. Y recién ahí, desde una complejidad imposible de contener, empiezan las interpretaciones. Porque cada fracción de subcapítulo de la gran verdad significa causa para unos y consecuencia para otros. Y después cada uno tiene su edad, sus valores, sus neurosis.

Y entonces para describir lo que está pasando, tengo que decidir ¿Qué se pone en primer plano, la masacre del 7 de octubre donde mil quinientos israelíes fueron asesinados a sangre fría (muchas y muchos de ellos torturas y violaciones mediante), o el ataque militar de Israel que, a pesar de su objetivo de matar terroristas, ha ocasionado treinta mil palestinos muertos?

¿Qué decimos primero y qué después? ¿Dónde ponemos la palabra pero?

“Ha habido treinta mil palestinos muertos, pero fue en respuesta al ataque (o al terrible ataque) (o al abominable ataque) del Hamas del 7 de octubre.

O:

“El 7 de octubre hubo un ataque (un ataque o una masacre) por parte del Hamas, pero después Israel ha matado a más de treinta mil palestinos? ¿Matado o asesinado? ¿Qué palabras usar? Cada una dice otra cosa…

Y para analizarlo ¿Qué es más grave matar a más de treinta mil personas como un daño que no fue buscado, pero tampoco evitado, o a mil quinientas de manera premeditada?

¿Cuál es la verdad más verdadera?

¿Cómo integramos cada cosa para que no sea excluyente de las demás?

¿Qué narrativa es la más robusta para ordenar tantas historias?

¿Cuál es tu verdad?

Como dice Michael Hall, la calidad de las preguntas es directamente proporcional a la calidad de las respuestas. Y algunas de las que más se escuchan tienen que ver con quién es más víctima, quién empezó, quién es más genocida. Como si tu contraparte en la discusión fuese a darte la razón a partir de argumentos. Los argumentos han perdido toda relevancia ante el peso de cada conclusión. Si te dieran argumentos a ti, basados en información que no conocías, ¿lo tomarías en cuenta y cambiarías de opinión? Al menos, ¿te permitirías enriquecerla?

¿Cuánto tiempo has invertido de manera deliberada en buscar esa información que pudiera complejizar tus conclusiones previas? Yo muy poco. Cada vez que lo he intentado, he sentido algo parecido a la náusea y vuelvo a mi línea. Cuando nos ponen enfrente argumentos que retan lo que creemos, en el mejor de los casos no los vemos, y en el peor, atacamos a quien nos lo presenta. Y entonces mejor hacemos lo que nos parece más sensato, buscamos otra vez lo que confirma nuestra postura ya formada.

El filósofo Blas Pascal lo dijo hace cuatrocientos años: “Las conclusiones solo reflejan el cansancio de nuestro pensamiento.” La pregunta de la cual partimos no es ¿cómo llego a la verdad? Sino ¿qué debo observar para que coincida con lo que ya sé? Y si no lo preguntamos de manera explícita, al menos las fuentes que consumimos es lo que la responde.

Parte de lo que hace tan distópica a esta realidad, es que nuestra fuente principal de información sean las redes sociales, cuya lógica responde a darle a cada uno lo que el algoritmo sabe que le hace sentir bien, mimos para un ego que nos colonizó la autoestima. Los que estamos profundamente indignados por el silencio del mundo tras los ataques de Hamas del 7 de octubre y preocupados por lo que están viviendo los ciento veinticinco secuestrados que aún están en sus manos (no se sabe qué estarán viviendo ni cuántos queden con vida), parecería que tenemos acceso solo a las cuentas de Instagram que comparten nuestro dolor. Los que condenan de forma prioritaria la cantidad de muertes por los ataques del ejército israelí en Gaza, parecería que solo tienen acceso a las cuentas que comparten su postura.

Si de algo ha servido esta guerra es para comprobar que lo que menos se busca es la verdad. En cambio, tener razón es lo que nos mueve, y luego seguir teniéndola y además ser los únicos que la tienen. Una supuesta razón que es tan rígida y tan frágil que, si la expusiéramos a un argumento distinto, la haría tambalear, y con ella, cada uno de nosotros.

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